Setenta veces siete
Cuando el apóstol Pedro preguntó si perdonar siete veces era suficiente, probablemente pensó que estaba siendo extraordinariamente generoso, pero la respuesta de Jesús rompe todo esquema humano.
La historia comienza con un rey que decide ajustar cuentas, le presentan a un siervo que le debe diez mil talentos, para comprender el tamaño de esa deuda, es necesario saber que en esos tiempos diez mil (myrias) era la cifra más alta que se podía expresar con una sola palabra, y el talento era la unidad monetaria más grande, un solo talento equivalía a unos veinte años de salario de un jornalero, en otras palabras Jesús estaba diciendo que la deuda era impagable.
Esa era nuestra condición espiritual antes de Cristo, la deuda de nuestras transgresiones era tan grande que ninguna cantidad de buenas obras, moralidad o esfuerzo humano podría pagarla, ante la súplica del siervo, el rey se mueve a compasión, le perdona la deuda por completo.
La tragedia de la parábola no radica en la deuda inicial, sino en lo que sucede después, el mismo siervo, ahora libre y con su vida restaurada, encuentra a un consiervo que le debe cien denarios (aproximadamente cien días de trabajo), es una deuda que muchos de nosotros podemos tener, la ofensa de nuestro prójimo hacia nosotros es legítima y a menudo dolorosa, pero comparada con los diez mil talentos... es pequeña.
En lugar de extender la misericordia que acaba de recibir, el siervo toma a su deudor por el cuello y exige el pago ¿Cómo es posible que alguien que ha sido perdonado de una deuda tan grande pueda ser tan duro de corazón? La respuesta es la amnesia espiritual, cuando olvidamos la magnitud del perdón de Dios hacia nosotros, nos convertimos en jueces implacables de los demás, la cadena del perdón se rompe no porque la ofensa del otro sea imperdonable, sino porque hemos perdido de vista la cruz.
Es común escuchar que "debemos perdonar simplemente porque Dios lo manda" o que "el perdón es olvidar", esta visión es insuficiente, para quien ha sufrido un daño profundo, perdonar no es minimizar el dolor, ni es necesariamente restaurar la confianza de forma automática, si te encuentras o si estás guiando a alguien, en una lucha profunda para otorgar el perdón, considera estas opciones:
- Enfocar el perdón como una liberación propia, no como una absolución del otro, perdonar (del griego aphiemi, que significa "dejar ir" o "enviar lejos") es soltar el derecho a la venganza personal y entregar la justicia a Dios, es negarse a beber veneno esperando que la otra persona muera.
- Separar el perdón de la reconciliación, el perdón depende solo de ti y de tu relación con Dios, la reconciliación requiere el arrepentimiento genuino del ofensor, puedes otorgar perdón incondicional desde la distancia, manteniendo límites sanos si la otra persona sigue siendo una fuente de daño.
- Practicar el perdón como un proceso diario, no como un evento único, a veces, el dolor vuelve, cuando Jesús dijo "setenta veces siete", no solo se refería a perdonar a la misma persona por diferentes ofensas, sino perdonar a la misma persona por el dolor que permanece de una sola ofensa, cada vez que vienen los recuerdos.
El rey en la parábola se entera de la falta de misericordia de su siervo y lo entrega a los verdugos, Jesús concluye con una advertencia solemne sobre perdonar "de todo corazón", esta no es una amenaza para vivir con miedo a perder nuestra salvación, sino una descripción de la realidad: retener el perdón es construir nuestra propia prisión, los "verdugos" del resentimiento, la amargura y la ira nos torturan internamente cuando nos negamos a ser un eslabón en la cadena de la misericordia del perdón.
La fuerza para perdonar a quien nos ha hecho daño no proviene de nuestra propia bondad, sino de mirar la misericordia que nos Dios nos ha dado, cuando comprendemos que hemos sido amados y perdonados en nuestra peor versión.
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Dios te bendiga

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