La luz que muestra el camino
Para entender la luz, primero debemos reconocer la oscuridad de la tormenta, en Marcos 4:35-41, leemos sobre la violenta tempestad en el Mar de Galilea, este mar está situado a más de 200 metros bajo el nivel del mar y rodeado de colinas, esta topografía crea un efecto de túnel de viento; el aire frío de las montañas choca con el aire cálido del agua, provocando tormentas muy violentas.
Los discípulos que acompañaban a Jesús eran pescadores que conocían ese mar como la palma de su mano, si ellos estaban aterrorizados, la tormenta era muy fuerte, muchas veces, las tormentas que enfrentamos atacan aquellas áreas que creíamos tener bajo control repentinamente nos sobrepasa, dejándonos vulnerables.
En la barca es abrumador: mientras los discípulos sucumbían al pánico, Jesús dormía, su sueño era expresión de la soberanía de Dios, El que sostiene el universo con la palabra de Su poder no se inmuta por las cambios del clima.
Años más tarde, el apóstol Pablo experimentó una tormenta literal que ilustra perfectamente la noche oscura del alma.
Hechos 27:20: "Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos."
El mayor peso de una tormenta no es siempre la fuerza del viento, sino la oscuridad, los marineros de la antigüedad navegaban guiándose por las estrellas, perder de vista el sol y las estrellas significaba perder por completo el sentido de la dirección, es el equivalente espiritual a dejar de sentir la presencia de Dios o no ver respuesta a nuestras oraciones.
Es precisamente en esa oscuridad absoluta donde la fe debe dejar de ser una reacción a nuestras circunstancias para convertirse en una convicción en el carácter de Dios, cuando Pablo se pone en pie en medio de esa tripulación desesperada, no les ofrece un pronóstico favorable, les ofrece la luz de una promesa divina: "Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo... porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo" (Hechos 27:22-23).
El apóstol Juan declara una verdad cósmica y atemporal en Juan 1:5: "La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella", la oscuridad, por muy densa que sea, carece del poder para apagar la luz, la oscuridad no es una fuerza en sí misma; es simplemente la ausencia de luz, en el instante en que la luz se hace presente, la oscuridad tiene que retroceder.
Durante la tormenta, Dios nos provee Su luz de dos maneras:
- Como un Faro: La cruz de Cristo y Su victoria sobre la muerte son como un faro en el horizonte, no importa cuán desorientados nos sintamos, el faro no se mueve, nos muestra el camino y nos asegura que nuestra salvación está segura.
- Como una Lámpara: El Salmo 119:105 dice: "Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino", en medio de la confusión, la Escritura no siempre ilumina todo el panorama a kilómetros de distancia, muchas veces, actúa como una pequeña lámpara de aceite en la noche, iluminando estrictamente el siguiente paso que debemos dar, nos da la luz suficiente para obedecer hoy, para perdonar hoy, para confiar hoy, confiando en que Él nos dará luz para el paso de mañana cuando llegue el momento.
La fe no niega la realidad de la tormenta; no fingimos que el viento no sopla o que el agua no está fría, la fe mira la tormenta a los ojos y declara que hay una realidad superior y más definitiva: el Señor de la tormenta está en nuestra barca.
Si hoy te encuentras en medio de vientos contrarios, no te desesperes, no tienes que fingir una fuerza que no posees, acércate a Aquel que domina los mares, deja que Su Palabra sea la lámpara que ilumine tus decisiones inmediatas y que Su promesa de fidelidad sea el faro que te muestre el camino, la tormenta pasará, el viento se calmará, y cuando amanezca, descubrirás que la Luz te sostuvo todo el tiempo.

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