El denario
Pero, en Mateo 20:1-16, Jesús nos presenta un escenario totalmente diferente, la parábola de los obreros de la viña nos confronta con una realidad que desafía nuestra lógica y que resulta incómoda: el Reino de los Cielos no se rige por el mérito humano, sino por la gracia.
En Mateo 19:27, Pedro hace la pregunta que muchos líderes se hacen en secreto: "Nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?", es la clásica mentalidad humana calculando el costo de oportunidad y pidiendo garantías.
Jesús responde a esta mentalidad transaccional con la historia de un hacendado que sale a diferentes horas del día (al amanecer, a las nueve, al mediodía, a las tres, y finalmente a las cinco de la tarde) para contratar jornaleros para su viña, a los primeros les promete un denario, el salario justo para un día de trabajo, a los demás, simplemente les asegura que les pagará "lo que sea justo".
El problema se da al caer la tarde, el dueño ordena que se pague primero a los últimos, cuando aquellos que solo trabajaron una hora (probablemente los menos calificados o los que nadie más quiso contratar) reciben un denario completo, las expectativas de los que empezaron al amanecer se disparan de inmediato, su lógica les dice que si una hora vale un denario, ¡doce horas de trabajo bajo el sol deberían representar una fortuna! pero cuando les llega el turno de recibir su pago, reciben exactamente lo mismo: un solo denario.
Es aquí donde aparece la queja: "Estos últimos han trabajado una sola hora, y los has igualado a nosotros, que hemos soportado el peso y el calor del día".
Es muy fácil identificarse con los obreros de la primera hora, quienes dedican sus vidas enteras a un propósito mayor, quienes investigan incansablemente para alimentar a otros con sabiduría, y quienes sostienen la pesada carga de liderar bajo el sol abrasador de los problemas diarios, conocen muy bien "el peso y el calor del día", la fatiga es real y el esfuerzo es genuino.
El peligro no está en sentir cansancio, sino en permitir que ese esfuerzo se convierta en un sentido de superioridad o en creer se que se merece el favor de Dios, la indignación de los primeros obreros no nació de haber sido estafados (después de todo, recibieron exactamente el trato acordado), nació de la comparación, su percepción de la justicia se nubló por completo ante la bondad que se le otorgó a otros.
El hacendado responde con una pregunta que expone las intenciones más profundas: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno?” (Mateo 20:15).
Cuando sentimos que nuestro trabajo no está generando el "reconocimiento" o la bendición material que secretamente creemos merecer, este pasaje de la Biblia nos ofrece una oportunidad para recalibrar, en lugar de ceder a la amargura, tenemos opciones:
- Reenfocar la mirada en la promesa original: En lugar de mirar la bendición del prójimo para compararnos, podemos volver a maravillarnos del trato que Dios hizo con nosotros, ese "denario" representa la salvación, la redención y la presencia misma del Maestro.
- Redefinir el éxito: El trabajo en sí mismo es un privilegio, pasar doce horas junto al Dueño de la viña, colaborando en Su propósito, construyendo algo eterno y disfrutando de Su provisión, es una recompensa muy superior a estar ociosos en la plaza esperando que la vida pase.
Si Dios nos pagara estrictamente según nuestras obras, estaríamos en problemas, nuestras mejores intenciones, nuestra mayor disciplina y nuestras horas más largas de dedicación jamás serían suficientes para "comprar" una pequeña parte de la salvación (la salvación es por gracia, no por obras), la hermoso del Evangelio es que el ladrón arrepentido en sus últimos suspiros recibe el mismo Paraíso que aquel que dedicó ochenta años al servicio.
Esta verdad no debe apagar nuestro entusiasmo, sino encender un fuego lleno de pasión, saber que nuestra posición ante el Creador no cambia con nuestras altas y bajas diarias, ni depende de un rendimiento perfecto.
También nos llena de fe, por aquellos parientes y seres amados que todavía no conocen a Cristo, o por aquellos que lo reciben en su lecho de muerte.
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Dios te bendiga

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