Somos diferentes, con un propósito
A menudo, al observar nuestras comunidades y congregaciones, caemos en la tentación de buscar exactamente eso: que todos suenen igual, piensen idéntico, vistan de la misma manera y expresen su fe bajo el mismo molde; pero Dios nos hizo diferentes, pensamos diferentes, los que escribieron la Biblia fueron: pastores, sacerdotes, reyes, médicos, pescadores; con caracteres diferentes, palabras y estilos diferentes; pero todos tenían un propósito y una fe; esa es la belleza de Dios, que en nuestras diferencias nos hace uno y nos usa respetando nuestra manera de ser.
Observemos el contraste bíblico entre la Torre de Babel y el Día de Pentecostés.
En Génesis 11, vemos el proyecto humano de Babel, su premisa era la uniformidad absoluta: (Génesis 11:1) "Tenía entonces toda la tierra una sola lengua y unas mismas palabras", El objetivo de los constructores era evitar la dispersión, controlar a las personas y crear un monumento al orgullo humano, la uniformidad siempre requiere control, presión externa y, a menudo, el sacrificio de la individualidad que Dios mismo diseñó.
Por otro lado, en Hechos 2, vemos Pentecostés, el Espíritu Santo no descendió para hacer que todos hablaran un solo idioma terrenal, al contrario, el milagro fue que, en medio de una asombrosa diversidad de lenguas, culturas y naciones (partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia...), todos escuchaban y comprendían las maravillas de Dios, Pentecostés nos enseña que el Espíritu Santo no borra nuestras diferencias, sino que las santifica y las utiliza para un propósito común.
Pablo, enfrentando a una comunidad profundamente dividida en Corinto, no les recetó uniformidad, no les dijo: "Dejen de ser diferentes". En 1 Corintios 12, utilizó la brillante metáfora del cuerpo humano.
Si el cuerpo entero fuera ojo, ¿Dónde estaría el oído? un cuerpo compuesto solo de ojos sería una monstruosidad, un organismo que no tiene ninguna función, la salud del cuerpo depende de que el hígado haga su trabajo silencioso, de que los pulmones respiren y de que las manos actúen, la grandeza de la iglesia radica en que la persona reflexiva y analítica se sienta a la mesa con el hermano extrovertido y enérgico; en que el que tiene el don de servicio trabaje codo a codo con el que tiene el don de enseñanza.
La uniformidad produce clones; la unidad bíblica produce una familia, y en una familia sana, los hermanos no son idénticos, pero comparten la misma sangre, el mismo hogar y el mismo amor por el Padre, pero son diferentes en gustos, caracteres y maneras de ser.
Exigir uniformidad suele ser el camino fácil porque no requiere paciencia, empatía ni amor genuino; solo requiere cumplimiento de reglas, sin embargo, mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:3) es un trabajoso y se necesita relacionarse.
Cuando nos encontremos con diferencias dentro de nuestra comunidad, en lugar de forzar la uniformidad o caer en la división, podemos considerar diferentes opciones de respuesta:
- Opción 1: Distinguir lo esencial de lo secundario, como decía un antiguo principio teológico: "En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todo, caridad", podemos aferrarnos firmemente a doctrinas innegociables (la gracia, la cruz, la resurrección) mientras damos un margen para diferencias en estilos de adoración, métodos de evangelismo o interpretaciones sobre temas secundarios.
- Opción 2: Ver el desacuerdo como una herramienta de crecimiento, en lugar de ver a alguien que piensa diferente (dentro de los límites de la fe) como una amenaza, podemos verlo como un instrumento en las manos de Dios para pulir nuestro propio carácter, enseñarnos paciencia y obligarnos a estudiar más profundamente las Escrituras.
- Opción 3: Fomentar una cultura de complementariedad, al liderar y enseñar, se puede guiar a las personas no para que imiten nuestras fortalezas, sino para que descubran las suyas propias y llenen los espacios donde nosotros somos débiles.
Recuerdo que cuando niño y estaba en la iglesia, quería ser y pensar igual a las personas adultas, porque creía que ellos irían al cielo y de esa manera trataba de imitarlos, pero ahora entiendo que no tengo que ser igual al creyente que está a mi lado para ser amado con la misma intensidad por el mismo Dios, no necesito fingir, no necesito encajar en un molde fabricado por hombres, Dios me formó con una personalidad única, un trasfondo específico y un diseño que no se repite.
La iglesia no está llamada a ser una fábrica de ladrillos, donde todos son idénticos, cuadrados y producidos en masa, la iglesia es un edificio de "piedras vivas" (1 Pedro 2:5), las piedras vivas, como las que se usan en la mampostería antigua, tienen formas, tamaños y texturas diferentes, el trabajo del Maestro Constructor es tallarlas con gracia y encajarlas unas con otras para formar un templo hermoso donde Su presencia habite.
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Dios te bendiga

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